
Semejante a una neblina de gas intergaláctico, una inmensa nube de partículas de alta energía cruzaba las profundas soledades del espacio moviéndose a la aterradora velocidad de 301.000 kilómetros por segundo. Un observador situado en un lugar inmóvil, en la trayectoria de la nube, no habría podido abarcarla con el limitado campo visual del ojo humano, ni habría sentido el roce de la neblina, cuyas partículas le atravesarían de parte a parte sin detenerse. Pero si este mismo observador hubiese podido seguir a la nube, manteniéndose cerca, aunque apartado de ella durante 2 horas, 46 minutos y un segundo, la habría visto contraerse, empequeñecerse con rapidez instantánea, adquirir forma y aparecer ante sus ojos, como un fantasma, convirtiéndose en una esfera gris de tres kilómetros de diámetro, que se movía en el límite de la velocidad de la luz. Esta esfera era una cosmonave, el autoplaneta "Hermes". Emergiendo del subespacio a nivel del espacio sideral. En el momento de