
os profetas entrevén un futuro en el cual el pueblo de Dios renace gracias a la efusión del Espíritu. En Juan estas profecías se cumplen en Jesús. Como sucede en la creación, así el Espíritu aparece y desciende sobre Jesús “bajo forma de una paloma venida del cielo”. ¡Es el comienzo de la nueva creación! Jesús pronuncia las palabras de Dios y nos comunica el Espíritu, con abundancia. Cuando Jesús se despide, dice que enviará otro consolador, otro defensor que estará con nosotros. Es el Espíritu Santo. Por su pasión, muerte y resurrección, Jesús conquista para nosotros el don del Espíritu. Cuando se les aparece a los apóstoles sopló sobre ellos y dijo: “¡Reciban el Espíritu Santo!”. El primer efecto de la acción del Espíritu Santo en nosotros es la reconciliación: “A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes se los retengan les quedan retenidos”. Mediante el bautismo todos recibimos este mismo Espíritu de Jesús. El Espíritu es como el agua que brota de lo íntimo