
La soledad duele, pesa y a veces hace sentir que nadie ve lo que llevamos dentro. Pero Dios sí lo ve. Él conoce cada lágrima y cada silencio del corazón. Aunque falten personas, su presencia nunca falta. Dios camina con nosotros en los momentos en que el alma se siente vacía y nos recuerda que no hemos sido abandonados. En la soledad, Él se acerca más, habla al corazón y transforma el dolor en esperanza. Con Dios, la soledad no es el final, es un lugar donde nace el consuelo.