
El hecho determinante en la historia europea de los siglos XVI y XVII es sin duda la confrontación católico-protestante. El correlato inglés de esa lucha nos indica que en 1534 Enrique VIII rompe con Roma (que lo excomulgó) y logra que el Parlamento apruebe el Acta de Supremacía que establece que el Rey es la Cabeza de la Iglesia de Inglaterra (Iglesia Anglicana), mientras su máximo líder eclesiástico es el Arzobispo de Canterbury. Desde entonces la dinastía Tudor, que reinó durante el siglo XVI, se identificó mayoritariamente con el protestantismo, a tal punto que Isabel I (1558-1603) se convirtió en Campeona de la causa Protestante en todo el continente y enemiga declarada del Campeón del Catolicismo, Felipe II de España. Durante el reinado de Isabel el Parlamento aprobó los 39 Artículos, documento fundamental del Anglicanismo, de corte seudo-calvinista. A Isabel I le sucedió en el tronó el príncipe escocés Jacobo I Estuardo (1603-1625), quien era también Jacobo VI de Escocia, uniend