
CAPÍTULO 35Al caer la tarde, en el barracón de los umbrorianos, donde se retorcía,consumido por la fiebre, el oficial ingeniero de segunda, se asomó un momentoun desconocido: era enjuto e inquieto, y en su rostro moreno de meridional —originario de más allá del Río Largo— se apreciaba una enorme resolución;probablemente se trataba de un oficial corsario de Opar que, por un rarocapricho del destino, había ido a parar a Montaña Azul, en vez de colgar dealguna entena en una galera de la flota real. Permaneció allí cosa de un minuto,contemplando pensativo aquella piltrafa ensangrentada, por donde las moscasse paseaban con toda familiaridad, y musitó, sin dirigirse a nadie en concreto:—Sí, es posible que para mañana ya esté listo...Después desapareció, pero media hora más tarde, para sorpresa de losvecinos de Kumai, regresó y se puso a curarle. Pidió que le sujetaran alpaciente, para evitar los movimientos bruscos, y empezó a extenderle sobre lasheridas supurantes un ungüento